¿Qué soy? ¡Periodista! Permitidme que os lo explique…

Foto libreta Marga Ferrer - Blog SomaUna vez más, escribo unas cuantas líneas en este blog para poner en común una experiencia. No sé si a vosotros os pasa, pero de un tiempo a esta parte vivo un mismo déjà vu por estas fechas: en una de cada tres reuniones familiares de Navidad – sí, la estadística acabo de improvisarla – tengo que explicar a qué me dedico. Bien porque a alguno de mis allegados no le quedó del todo claro el año anterior, bien porque hay un nuevo miembro al que ilustrar. La cuestión es que la situación se repite. Y cuando digo “explicar a qué me dedico” no me refiero a decir “soy periodista” y ya está, porque la reacción a mi respuesta suele ser algo así como “¡Ah! ¿De esos que van con el micrófono detrás de los famosos?”.

Ya estamos”, suelo pensar. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he topado con esta cuestión desde que tengo uso de razón como plumilla. Me pregunto por qué lo primero que le viene a mucha gente a la cabeza cuando oye el término periodista es ese perfil. Sí, la parrilla televisiva está plagada de programas que sirven de hábitat para el desarrollo de esta faceta, pero también de ediciones diarias de informativos que muestran – mejor o peor – una de las prácticas clásicas de esta profesión; informativos que, además, sirven como acompañamiento o música de fondo durante comidas y cenas en numerosos hogares. Entonces, ¿qué sentido tenido tiene que dicho pensamiento asociativo sea el primordial?

En fin, sea como sea, recuerdo que al principio sonreía cortésmente mientras trataba de explicar brevemente que mi motivación para estudiar periodismo distaba mucho de esa mal llamada crónica social a la que se refería mi interlocutor – NOTA: las diferencias entre crónica social y cultura del morbo podrían dar para otro post –. No obstante, hubo un tiempo en que la frecuencia de ese puñetero interrogante me llevó al hartazgo, de manera que ahora despliego mi mejor argumentario cada vez que me enfrento a LA pregunta.

En resumidas cuentas, intento aclarar que un periodista es quien sabe gestionar información, de manera que es capaz de diferenciar la paja del trigo y presentar datos útiles, así como correctamente contrastados y contextualizados a la ciudadanía. Añado que guarda un compromiso social respecto de sus contenidos y que tiene un olfato especialmente desarrollado para detectar historias de interés público. Matizo, asimismo, que tiene la habilidad de comunicar en cualquier medio que se precie, tanto los denominados tradicionales – radio, televisión y prensa escrita – como los digitales. Y, por supuesto, concluyo aludiendo a su importancia en democracia.

Evidentemente, soy una idealista. La carne de periodista es tan débil como la de todo mortal, por lo que también tenemos nuestros vicios. De hecho, desde hace unos años venimos pagando algunos de ellos bien caro. Además, este oficio en sí tiene sus claroscuros, entre los que destaca el dilema entre financiación e independencia o la delgada línea que le separa del poder. No es que me olvide de ello cuando abandero mi particular discurso, pero estoy convencida de que nosotros, los periodistas, somos los primeros responsables de poner en valor nuestra profesión. Y para ello debemos creer en ella, de manera que, después, podamos practicarla conforme a dicha convicción. Al menos, así es cómo pienso y actúo. Otra cosa es que esté en lo cierto y que lo consiga. Eso, camaradas y lectores, me lo tenéis que decir vosotros.

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¿Qué soy? ¡Periodista! Permitidme que os lo explique…

Foto libreta Marga Ferrer - Blog SomaUna vez más, escribo unas cuantas líneas en este blog para poner en común una experiencia. No sé si a vosotros os pasa, pero de un tiempo a esta parte vivo un mismo déjà vu por estas fechas: en una de cada tres reuniones familiares de Navidad – sí, la estadística acabo de improvisarla – tengo que explicar a qué me dedico. Bien porque a alguno de mis allegados no le quedó del todo claro el año anterior, bien porque hay un nuevo miembro al que ilustrar. La cuestión es que la situación se repite. Y cuando digo “explicar a qué me dedico” no me refiero a decir “soy periodista” y ya está, porque la reacción a mi respuesta suele ser algo así como “¡Ah! ¿De esos que van con el micrófono detrás de los famosos?”.

Ya estamos”, suelo pensar. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he topado con esta cuestión desde que tengo uso de razón como plumilla. Me pregunto por qué lo primero que le viene a mucha gente a la cabeza cuando oye el término periodista es ese perfil. Sí, la parrilla televisiva está plagada de programas que sirven de hábitat para el desarrollo de esta faceta, pero también de ediciones diarias de informativos que muestran – mejor o peor – una de las prácticas clásicas de esta profesión; informativos que, además, sirven como acompañamiento o música de fondo durante comidas y cenas en numerosos hogares. Entonces, ¿qué sentido tenido tiene que dicho pensamiento asociativo sea el primordial?

En fin, sea como sea, recuerdo que al principio sonreía cortésmente mientras trataba de explicar brevemente que mi motivación para estudiar periodismo distaba mucho de esa mal llamada crónica social a la que se refería mi interlocutor – NOTA: las diferencias entre crónica social y cultura del morbo podrían dar para otro post –. No obstante, hubo un tiempo en que la frecuencia de ese puñetero interrogante me llevó al hartazgo, de manera que ahora despliego mi mejor argumentario cada vez que me enfrento a LA pregunta.

En resumidas cuentas, intento aclarar que un periodista es quien sabe gestionar información, de manera que es capaz de diferenciar la paja del trigo y presentar datos útiles, así como correctamente contrastados y contextualizados a la ciudadanía. Añado que guarda un compromiso social respecto de sus contenidos y que tiene un olfato especialmente desarrollado para detectar historias de interés público. Matizo, asimismo, que tiene la habilidad de comunicar en cualquier medio que se precie, tanto los denominados tradicionales – radio, televisión y prensa escrita – como los digitales. Y, por supuesto, concluyo aludiendo a su importancia en democracia.

Evidentemente, soy una idealista. La carne de periodista es tan débil como la de todo mortal, por lo que también tenemos nuestros vicios. De hecho, desde hace unos años venimos pagando algunos de ellos bien caro. Además, este oficio en sí tiene sus claroscuros, entre los que destaca el dilema entre financiación e independencia o la delgada línea que le separa del poder. No es que me olvide de ello cuando abandero mi particular discurso, pero estoy convencida de que nosotros, los periodistas, somos los primeros responsables de poner en valor nuestra profesión. Y para ello debemos creer en ella, de manera que, después, podamos practicarla conforme a dicha convicción. Al menos, así es cómo pienso y actúo. Otra cosa es que esté en lo cierto y que lo consiga. Eso, camaradas y lectores, me lo tenéis que decir vosotros.

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¿Qué soy? ¡Periodista! Permitidme que os lo explique…

Foto libreta Marga Ferrer - Blog SomaUna vez más, escribo unas cuantas líneas en este blog para poner en común una experiencia. No sé si a vosotros os pasa, pero de un tiempo a esta parte vivo un mismo déjà vu por estas fechas: en una de cada tres reuniones familiares de Navidad – sí, la estadística acabo de improvisarla – tengo que explicar a qué me dedico. Bien porque a alguno de mis allegados no le quedó del todo claro el año anterior, bien porque hay un nuevo miembro al que ilustrar. La cuestión es que la situación se repite. Y cuando digo “explicar a qué me dedico” no me refiero a decir “soy periodista” y ya está, porque la reacción a mi respuesta suele ser algo así como “¡Ah! ¿De esos que van con el micrófono detrás de los famosos?”.

Ya estamos”, suelo pensar. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he topado con esta cuestión desde que tengo uso de razón como plumilla. Me pregunto por qué lo primero que le viene a mucha gente a la cabeza cuando oye el término periodista es ese perfil. Sí, la parrilla televisiva está plagada de programas que sirven de hábitat para el desarrollo de esta faceta, pero también de ediciones diarias de informativos que muestran – mejor o peor – una de las prácticas clásicas de esta profesión; informativos que, además, sirven como acompañamiento o música de fondo durante comidas y cenas en numerosos hogares. Entonces, ¿qué sentido tenido tiene que dicho pensamiento asociativo sea el primordial?

En fin, sea como sea, recuerdo que al principio sonreía cortésmente mientras trataba de explicar brevemente que mi motivación para estudiar periodismo distaba mucho de esa mal llamada crónica social a la que se refería mi interlocutor – NOTA: las diferencias entre crónica social y cultura del morbo podrían dar para otro post –. No obstante, hubo un tiempo en que la frecuencia de ese puñetero interrogante me llevó al hartazgo, de manera que ahora despliego mi mejor argumentario cada vez que me enfrento a LA pregunta.

En resumidas cuentas, intento aclarar que un periodista es quien sabe gestionar información, de manera que es capaz de diferenciar la paja del trigo y presentar datos útiles, así como correctamente contrastados y contextualizados a la ciudadanía. Añado que guarda un compromiso social respecto de sus contenidos y que tiene un olfato especialmente desarrollado para detectar historias de interés público. Matizo, asimismo, que tiene la habilidad de comunicar en cualquier medio que se precie, tanto los denominados tradicionales – radio, televisión y prensa escrita – como los digitales. Y, por supuesto, concluyo aludiendo a su importancia en democracia.

Evidentemente, soy una idealista. La carne de periodista es tan débil como la de todo mortal, por lo que también tenemos nuestros vicios. De hecho, desde hace unos años venimos pagando algunos de ellos bien caro. Además, este oficio en sí tiene sus claroscuros, entre los que destaca el dilema entre financiación e independencia o la delgada línea que le separa del poder. No es que me olvide de ello cuando abandero mi particular discurso, pero estoy convencida de que nosotros, los periodistas, somos los primeros responsables de poner en valor nuestra profesión. Y para ello debemos creer en ella, de manera que, después, podamos practicarla conforme a dicha convicción. Al menos, así es cómo pienso y actúo. Otra cosa es que esté en lo cierto y que lo consiga. Eso, camaradas y lectores, me lo tenéis que decir vosotros.

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¿Qué soy? ¡Periodista! Permitidme que os lo explique…

Foto libreta Marga Ferrer - Blog SomaUna vez más, escribo unas cuantas líneas en este blog para poner en común una experiencia. No sé si a vosotros os pasa, pero de un tiempo a esta parte vivo un mismo déjà vu por estas fechas: en una de cada tres reuniones familiares de Navidad – sí, la estadística acabo de improvisarla – tengo que explicar a qué me dedico. Bien porque a alguno de mis allegados no le quedó del todo claro el año anterior, bien porque hay un nuevo miembro al que ilustrar. La cuestión es que la situación se repite. Y cuando digo “explicar a qué me dedico” no me refiero a decir “soy periodista” y ya está, porque la reacción a mi respuesta suele ser algo así como “¡Ah! ¿De esos que van con el micrófono detrás de los famosos?”.

Ya estamos”, suelo pensar. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he topado con esta cuestión desde que tengo uso de razón como plumilla. Me pregunto por qué lo primero que le viene a mucha gente a la cabeza cuando oye el término periodista es ese perfil. Sí, la parrilla televisiva está plagada de programas que sirven de hábitat para el desarrollo de esta faceta, pero también de ediciones diarias de informativos que muestran – mejor o peor – una de las prácticas clásicas de esta profesión; informativos que, además, sirven como acompañamiento o música de fondo durante comidas y cenas en numerosos hogares. Entonces, ¿qué sentido tenido tiene que dicho pensamiento asociativo sea el primordial?

En fin, sea como sea, recuerdo que al principio sonreía cortésmente mientras trataba de explicar brevemente que mi motivación para estudiar periodismo distaba mucho de esa mal llamada crónica social a la que se refería mi interlocutor – NOTA: las diferencias entre crónica social y cultura del morbo podrían dar para otro post –. No obstante, hubo un tiempo en que la frecuencia de ese puñetero interrogante me llevó al hartazgo, de manera que ahora despliego mi mejor argumentario cada vez que me enfrento a LA pregunta.

En resumidas cuentas, intento aclarar que un periodista es quien sabe gestionar información, de manera que es capaz de diferenciar la paja del trigo y presentar datos útiles, así como correctamente contrastados y contextualizados a la ciudadanía. Añado que guarda un compromiso social respecto de sus contenidos y que tiene un olfato especialmente desarrollado para detectar historias de interés público. Matizo, asimismo, que tiene la habilidad de comunicar en cualquier medio que se precie, tanto los denominados tradicionales – radio, televisión y prensa escrita – como los digitales. Y, por supuesto, concluyo aludiendo a su importancia en democracia.

Evidentemente, soy una idealista. La carne de periodista es tan débil como la de todo mortal, por lo que también tenemos nuestros vicios. De hecho, desde hace unos años venimos pagando algunos de ellos bien caro. Además, este oficio en sí tiene sus claroscuros, entre los que destaca el dilema entre financiación e independencia o la delgada línea que le separa del poder. No es que me olvide de ello cuando abandero mi particular discurso, pero estoy convencida de que nosotros, los periodistas, somos los primeros responsables de poner en valor nuestra profesión. Y para ello debemos creer en ella, de manera que, después, podamos practicarla conforme a dicha convicción. Al menos, así es cómo pienso y actúo. Otra cosa es que esté en lo cierto y que lo consiga. Eso, camaradas y lectores, me lo tenéis que decir vosotros.

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Queridos periodistas, ¿y si nos plantamos?

Chapa Sin periodismo No democraciaReía el otro día al recordar esa consigna de sin periodismo no hay democracia que de un tiempo a esta parte tanto empleamos. Y sí, lo hacía por no llorar. Ocurrió el pasado lunes 15 de julio, cuando el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ofreció su primera comparecencia ante los medios tras las últimas revelaciones de Luis Bárcenas – también conocido como “ese personaje”, “ese señor” y, próximamente, como “el que no debe ser nombrado”, tiempo al tiempo –. Dado que se trataba de una aparición junto con el primer ministro de Polonia, Donald Tusk, los periodistas españoles sólo tenían derecho a dos preguntas, pues así es como se procede en las ruedas de prensa de carácter internacional. Por ello, como siempre, los plumillas acordaron previamente qué cuestiones se iban a preguntar y quiénes serían los encargados de plantearlas.

Todo entraba dentro de la normalidad hasta que, llegado el momento de la verdad, Mariano Rajoy concedió la palabra al periodista de ABC, saltándose así el acuerdo por el que se habían escogido como representantes a los compañeros de El Mundo y EFE. Posteriormente, Mariano Calleja (@Marianocalleja) – el periodista de ABC en cuestión – explicó que antes de la comparecencia había recibido una llamada de su director, Bieito Rubido, quién le había dictado qué pregunta formular. Y por si esto fuese poco, también se apuntó que el presidente, incluso, leyó la respuesta.

Como no podía ser de otra forma, la indignación del resto de periodistas ante lo que se planteaba como un amaño evidente fue supina. No obstante, desde Moncloa se achacó la situación a un mero “malentendido” – parece que los astros se alinearon para que lo que nunca antes había sucedido ocurriese en un día informativamente clave –. En cualquier caso, por la tarde de ese mismo lunes 15 de julio se convocó una nueva rueda de prensa, ahora de la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal. A pesar de no tratarse de una comparecencia por cumbre internacional en este caso, otra vez se intentaron limitar las preguntas de los periodistas a dos o tres; algo que, finalmente, los profesionales de la información ignoraron.

Con todo, esta jornada me trajo a la memoria Ensayo sobre la lucidez, un libro de José Saramago que, si no habéis tenido oportunidad de leer, os recomiendo fervorosamente. Para quienes no la conocéis, esta obra relata qué ocurre en una ciudad en la que la mayoría de la población decide votar en blanco en unas elecciones; una suerte de revolución pacífica que pone en jaque a los políticos. Y yo me pregunto: ¿qué ocurriría si los periodistas no asistiésemos a las convocatorias fraudulentas a las que se nos cita? Nosotros no podemos destituir directamente a los dirigentes deshonestos, ni tampoco a los gerentes de medios que priman sus afinidades al derecho a la información del público, pero sí que podemos ponerles en evidencia y, por qué no, decidir no entrar en su juego. Quizá sea más sencillo de lo que imaginamos o, quizá, sencillamente soy una ilusa. Sea como sea, aquí os dejo esta cuestión: queridos periodistas, ¿y si nos plantamos? Espero vuestras respuestas.

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Algunas ventajas periodísticas de Google+

SOMA GPlusLa red social de Google nació hace casi dos años bajo el mismo escepticismo con el que aún hoy muchos early adopters y perfiles influyentes lo abordan. Con todo, G+ llegó para quedarse y para superar los tópicos que se han generalizado en la red, del estilo que es una ciudad fantasma o una gasolinera de lujo en medio del desierto. De ahí la apuesta que ha hecho por integrar todos los servicios en una misma plataforma y de condicionar el uso de cualquiera de ellos a un paso necesario por esta singular red social que fomenta la exploración «posicionadora» y cuyo potencial periodístico se hace evidente en algunas de las siguientes prestaciones:

Enfoques y fuentes. Google+ es una potente herramienta de búsqueda, de exploración social, de contactos, de fuentes distintas  a las tradicionales (incluso a las surgentes de otros canales sociales). Asimismo, el periodista, en cualquiera de las secciones en que se ubique dentro de la plataforma, puede clasificar su valiosa agenda de contactos segmentada (círculos), conservar las búsquedas que emprenda por categorías, personajes, comunidades o hangouts y jerarquizar posteriormente la intensidad de actualizaciones para una lectura sin ruido relacionada con las novedades de su área de especialización.

Audiencia a la carta. Tanto el profesional de la comunicación que trabaje su propio canal especializado en el ámbito digital como el plumilla que trabaja en un medio tradicional o para varias cuentas desde una agencia de RRPP y contenidos, encuentra en Google+ la posibilidad de mantener un trato cara a cara con los destinatarios potenciales de sus mensajes. Gracias a la segmentación que posibilita la plataforma para conversar, compartir, opinar o publicar novedades, una buena estrategia de dinamización de contenido puede conseguir dar con la audiencia adecuada sin generar ruido entre otros perfiles a los que no interese la información.

Tertulia periodística. Para los amantes del medio radiofónico, cada vez más musculado frente a las amenazas que la historia le ha ido atribuyendo y de las que ha salido siempre airoso, Google+ da un paso más al permitir retransmisiones en directo y con imágenes de debates especializados con los actores que protagonizan determinado sector, en tiempo real y sincronizado vía Youtube. Con un poco de imaginación, sentido común y una buena agenda de contactos, el periodista puede convocar un debate de calidad con prescriptores adecuados. Si, además, lo sabe dinamizar previamente y generar expectación a través del propio canal o de otros donde esté presente obtendrá el beneplácito de la audiencia. Como guinda, podrá escribir una síntesis o crónica del resultado y publicarlo en su blog o medio (digital o tradicional).

Posted by @360gradospress
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Las coberturas fotoperiodísticas para empresas

la foto copia 4Es importante emplear el sufijo «–periodísticas» cuando se aborda el concepto de cobertura fotográfica para una empresa, institución, evento o de cualquier otro perfil que persiga obtener cierta repercusión en los medios de comunicación, ya sea en su representación tradicional o en su versión digital.

Vivimos tiempos de creación, difusión y dinamización de contenido de calidad solapado a las marcas, que han visto el potencial que presenta este aporte comunicativo dentro de sus estrategias de martketing y comunicación. En este sentido, las firmas trabajan con mucho afán los eslóganes, la imagen corporativa, los procedimientos, los objetivos, las cifras, los mensajes a proyectar a los MMCC… y habitualmente discriminan en toda esa cadena a la fotografía estrictamente informativa, más allá de las que contempla un catálogo promocional al uso o una colección de instantáneas más o menos impactantes para utilizar en sus canales corporativos y en la página web.

El eslabón que nunca ha de faltar en esa cadena de prioridades de marca, de comunicación de valores informativos y de potencialidades puestas en valor en relación a un ámbito geográfico, de influencia o potencial respecto a la competencia,  pasa por la fotografía periodística de calidad. Porque más tarde o más temprano, sobre todo si el equipo de comunicación mantiene una relación fluida con los MMCC, los soportes informativos requerirán material ‘publicable’. Un perfil fotográfico que ha de reunir unos aspectos técnicos, una vocación informativa, una calidad o un encuadre que sólo saben proyectar los fotoperiodistas familiarizados con dichas rutinas.

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